Hay días en los que me planteo por qué no hay un Diego Costa, un Godín, un Gabi, un Raúl García en el equipo a estas alturas, es decir, cómo nadie en la directiva se ha dado cuenta aún de que podemos tener mucho renombre por doquier pero el Atlético de Madrid no es el Atlético de Madrid sin un alguien o un algo que coja del pescuezo al árbitro o menee a Almada, Julián, Nahuel, Hancko cuando lo hacen mal y hace falta revolver el resultado y enardecer al equipo para que enciendan de nuevo el motor. Cómo todavía no hemos fichado un perfil así, macarra, que acojone de verdad y meta intensidad, garra y físico a partidos como éstos. Por qué no hay nadie que entre a Pedri con diablura, sin intención de lesionarlo pero para que se ande con cuidado en la próxima, y no un mediocampo que poco más y se arrodillaban a atarle mejor los cordones, por si las moscas o por si acaso los llevaba demasiado prietos o demasiado sueltos.

Hay días en los que echo de menos cuando dábamos asco de verdad. Cuando éramos ese equipo molesto al que toda España tenía tirria porque ganábamos y encima lo hacíamos de la manera más antinatural y cholista posible, peleando el partido como si más que un encuentro futbolístico fuera una guerra de trincheras, traiciones y estrategias ajadas. Cuando, en fin, éramos el Atlético de Madrid y no el Apollo Riyadh Air Alemany de Madrid, donde juegan italianos y argentinos cuyo nombre suena genial para protagonizar una novela pero a los que sin duda les vendría de perlas pasar aquella primera mili cholista que hizo a Griezmann, por ejemplo, convertirse en el jugador que es ahora. Tampoco entiendo por qué Simeone ha comenzado a ser más bien un padre y no tanto un villano para sus futbolistas.

Hay días, en definitiva, en los que no se entiende nada.

Tampoco puedes permitir que te marquen un gol al borde del pitido final. Es humillante. Antes le metes un codazo y que te saquen roja, pero dejas el partido 2-1, que ya está bien, y santas pascuas. Falta ambición, coraje, perspectiva, ganas y, sobre todo, alguien que conduzca toda esa mala leche y la materialice en el campo. Puedes construir el barco perfecto, en pocas palabras, pero no durará mucho tiempo a flote al hacerse a la mar sin un tipo canoso, arrugado y con mala uva que sepa responder con rapidez ante la adversidad; uno que sepa ver venir el iceberg del Titanic y coja los mandos de la embarcación con serenidad —aunque rezando jaculatorias para sí ante cada golpe intenso de la marejada— antes de que sea demasiado tarde.

Lo más cercano a ese perfil es Giuliano Simeone, que por algo hace honores al apellido de su padre, pero de poco sirve si todo el equipo olvida, de la noche a la mañana, cuál fue la fórmula mágica que nos permitió hincarle el diente cinco veces al Real Madrid.

Por Raúl R. Méndez

Fue en un diminuto instante: yo no quería, pero al salir por las puertas del Vicente Calderón escuchando el himno del Atlético de Madrid supe que no había nada en la Tierra que se pareciera más al Cielo. Aquí te suelo traer la crónica de los partidos de nuestro Atleti.

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