Noche de cuchillos largos en el Cívitas Metropolitano. Lo que debía ser un trámite para sellar el pase directo a octavos de final de la Champions League terminó convirtiéndose en uno de los plebiscitos más duros que se recuerdan en la era Simeone. El Atlético de Madrid no solo cayó derrotado ante el Bodø/Glimt (1-2), un rival teóricamente inferior, sino que destapó la caja de los truenos: la afición, harta de la inoperancia del equipo, señaló directamente al técnico argentino con contundencia por primera vez desde que el Cholo es entrenador.
El encuentro arrancó con un espejismo. El gol tempranero de Sørloth presagiaba una velada plácida, pero el conjunto rojiblanco cometió el pecado capital de dar el trabajo por hecho antes de tiempo. El conformismo local permitió al Bodø/Glimt crecerse, logrando el empate antes del descanso y asestando el golpe definitivo en la reanudación ante un estadio que pasó de la incredulidad a la indignación.
El punto de inflexión de la fractura no fue el marcador, sino la gestión desde la banda. En el momento crítico, Simeone decidió retirar a Pablo Barrios para dar entrada a Le Normand, dando banquillo al único futbolista que aportaba cierta lucidez al juego. La grada interpretó el movimiento como una renuncia incomprensible y la respuesta fue inmediata: una pitada monumental que retumbó en todo el estadio, focalizada en la figura del ‘Cholo’.
Lejos de la habitual comunión entre grada y equipo, el pitido final confirmó el divorcio momentáneo. No hubo pañolada por costumbre, sino un abucheo fruto de la impotencia de ver a un equipo sin identidad. Simeone, que aguantó el chaparrón estoico en la banda, encajó el golpe de una afición que anoche dejó de comprar el discurso de la «resistencia» para exigir resultados.
El Atlético sigue vivo en Europa, pero condenado a la repesca (playoffs) y con un camino mucho más espinoso por delante. Sin embargo, el verdadero problema tras la noche de ayer no es la clasificación, sino la herida abierta entre el césped y la grada.

