«Si espero lo peor, sufriré menos»: el pesimismo defensivo que divide a la afición del Atleti antes del Arsenal

El llamado pesimismo defensivo explica por qué parte de la afición colchonera llega al partido ante el Arsenal casi deseando no pasar. El coordinador de la División de Psicología del Deporte del Consejo General de Psicología, Enrique Cantón, y la psicóloga deportiva Alejandra Martín Blanes desmontan este mecanismo y explican cómo sentir sin dejarse desbordar.

13 años. Ese era el tiempo que llevaba el Atlético de Madrid sin disputar una final de Copa del Rey. Desde aquella noche memorable de 2013 en el Bernabéu, donde el Cholo conquistó el título ante el eterno rival, los rojiblancos no habían vuelto a la última instancia del torneo. Llegar a La Cartuja como favoritos ante la Real Sociedad tenía, por tanto, un peso especial. Y por eso el golpe dolió tanto.

La eliminación en los penaltis cayó como un jarro de agua fría sobre una afición que llevaba semanas preparándose emocionalmente para la final. A.A.P., socio número 161.064, lo resume con una honestidad que muchos reconocerán: los días posteriores todo se vio «gris tornando a negro», cuestionándose si realmente valía la pena lo que uno llega a hacer por su equipo.

Una reacción que, lejos de ser exagerada, tiene una explicación científica precisa. Enrique Cantón, coordinador de la División de Psicología del Deporte del Consejo General de Psicología, recuerda que «mucha gente vive los resultados como algo propio muy intenso, se van a la cama de mal humor, les afecta». Y cuando esa intensidad se acumula durante trece años de espera hasta una final, la caída es proporcionalmente más dura. Alejandra Martín Blanes, psicóloga deportiva, añade que el cerebro no distingue del todo entre una pérdida simbólica y una real cuando la identidad está implicada.

Entre la ilusión y la resignación: dos formas de llegar al Arsenal

A unas horas para el partido de vuelta de semifinales de Champions ante el Arsenal, la afición rojiblanca no habla con una sola voz. En los bares, en las redes, en las conversaciones entre socios, conviven dos posturas que parecen irreconciliables: los que lleganencendidos, con la herida de La Cartuja convertida en combustible, y los que casi prefieren no pasar para no volver a sufrir.

Este segundo grupo no es cobarde ni desleal. Tiene, de hecho, un nombre clínico. Martín Blanes lo explica: «Tiene mucho que ver con la evitación anticipatoria del dolor. Se relaciona con mecanismos de defensa como el pesimismo defensivo: si espero lo peor, sufriré menos. Es una forma de intentar tener control emocional, aunque a largo plazo puede limitar la capacidad de disfrutar.»

No es exactamente la indefensión aprendida que describió Martin Seligman, pero comparte su lógica: la expectativa de que el resultado negativo es inevitable acaba por instalarse como postura vital. El cerebro, agotado de sufrir, construye una trinchera emocional antes de que empiece el partido.

Por su parte, Cantón identifica el mismo patrón y advierte de sus consecuencias: «Si uno experimenta esa sensación, lo que produce a la larga es el abandono.» Un abandono que no siempre es físico, sino emocional: seguir viendo los partidos pero ya sin entregarse, sin exponerse, sin el vértigo de creer de verdad.

Sin embargo, A.A.P. reconoce haber pasado por los días grises, pero se sitúa en el lado de la ilusión: «Aquí estamos otra vez, en unas semis de Champions diez años después, y pobre del que quiera robarnos la ilusión». En este caso, el pesimismo defensivo no ha podido con él.

¿Por qué cuanto más sufres, más fuerte es el vínculo?

Hay una paradoja en el corazón de cualquier aficionado del Atlético de Madrid: cuanto peor lo pasan, más suyos sienten los colores. No es masoquismo, ni resignación. Tiene, también, una explicación psicológica.

Enrique Cantón lo aborda directamente: «Hay una parte del sufrimiento que siempre lo vemos como negativo, que no siempre lo es. Es como cuando uno va al gimnasio después de mucho tiempo y en los primeros días sufre un poco. Sufre pero avanza». La clave, según el coordinador de la División de Psicología del Deporte del COP, está en si ese sufrimiento está asociado a la mejora, al avance o a la probabilidad de avance. «En ese sentido es un sufrimiento esperanzado y no tendría un efecto psicológico tan negativo», declara a Atleti Media.

Alejandra Martín Blanes aporta otra capa: cuanto más se invierte emocionalmente y más se sufre, mayor puede ser el apego. «Si algo nos duele tanto, necesitamos que tenga mucho valor para justificarlo», señala. Es decir, el propio sufrimiento se convierte en argumento para seguir: si he llorado tanto por esto, es porque importa de verdad. A eso se suma que los momentos de alta intensidad emocional generan recuerdos más fuertes, lo que refuerza aún más el vínculo con el equipo.

Y luego está la comunidad. Martín Blanes subraya que compartir la experiencia reduce la intensidad del malestar y genera sensación de pertenencia. «El ‘sufrimos juntos’ no es solo una frase: tiene un efecto protector sobre el estado emocional». El fútbol, en ese sentido, actúa como una red de apoyo emocional real: facilita espacios de expresión, validación y conexión social que van mucho más allá del resultado. A.A.P. lo confirma sin pretenderlo: reconoce que no fue plenamente consciente de cuánto le había afectado la derrota hasta que se vio con amigos, familiares y compañeros de trabajo, y fue a través de ellos, de su empatía y sus gestos, como terminó de procesar lo que llevaba dentro.

«Me matas, me das la vida»

Gestionar la tensión de una semifinal europea después de una final perdida no es fácil. Pero tampoco es imposible. Enrique Cantón apunta que una parte clave está en cómo se construye el relato alrededor de la derrota. «Fracaso o éxito, en el fondo, es un criterio que no solo tiene un referente objetivo, sino que tiene también una explicación de qué es fracasar o qué es tener éxito», explica. Una derrota en penaltis tras trece años sin llegar a una final puede leerse como un desastre. O como parte de un camino.

Alejandra Martín Blanes ofrece una hoja de ruta para llegar al Arsenal sin que la herida de La Cartuja lastre: diferenciar la identidad personal del resultado deportivo y trabajar la regulación emocional: «El objetivo no es dejar de sentir, sino aprender a sentir sin que eso desborde».

Porque sentir, al final, es exactamente lo que hace a un atlético seguir siendo atlético. A.A.P. lo aprendió de niño, la primera vez que su padre le llevó al Calderón. El Atleti perdía 0-2 ante el Barça, la afición silbaba al entrenador mientras vitoreaba a Ronaldinho. El marcador acabó 4-2. A la salida, miró a su padre: «Papá, sabes qué te digo, que yo soy del Atleti».

Inolvidable. Como todo lo que duele de verdad.

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