De nuevo el himno del Barcelona, sin duda uno de los más espectaculares y grandiosos del fútbol español, sonaba en el Camp Nou como prolegómeno de uno de los partidos con más tradición de LaLiga: un Barça-Atlético de Madrid. Y esta vez la tensión no podía estar más por los aires: enfrentamiento entre el primer y cuarto clasificado, de esos que ocurra lo que ocurra tras el pitido final tiene siempre un impacto directo sobre el devenir inmediato de la competición doméstica. De los partidos que suelen ir decantando la balanza del título, otorgando o restando posibilidades a los equipos contendientes.
El Atleti amaneció casi como si fuera local, atrevido, fuerte en la presión y dispuesto a arriesgar todas sus cartas en una misma mano, como se hace en el póquer; tanto, que en varias ocasiones Oblak tuvo que ejercer de ancla última para corregir e imprimir templanza tras una mala basculación de los suyos. Eso, hasta que el Barcelona se fue apoderando de la posesión de la pelota tras un susto tremendo (y posterior confirmación de la peor de las noticia) en el seno del Atleti: Cardoso tuvo que ser atendido por los servicios médicos rojiblancos tras recibir un golpe en el tobillo, recibió el famoso spray mágico pero ni tan siquiera con esas fue capaz de continuar en el terreno de juego. Primera titularidad importante en liga tras su lesión por esguince de tobillo y no duró el estadounidense más de quince minutos sobre el verde barcelonés.
Por parte del Atleti, los que más juego inteligente y variado terminaron proponiendo fueron Baena, Barrios y Julián. Y al primero le correspondió poner patas arriba el Camp Nou, cuando recibió al límite del fuera de juego un pase al hueco magistral, controló imantando la pelota y una picadita sublime, de maestro, batió a Joan García con claridad, de forma sencillamente soberbia. Primero se decretó fuera de juego pero el VAR intervino enseguida, trazadas las líneas, para adelantar momentáneamente al Atlético en el electrónico.
Y el gol despertó la bestia que el Barcelona de Flick guarda en su interior. Primero, Lamine Yamal bailó a Hancko y convirtió la banda zurda del Camp Nou que defendía el futbolista eslovaco en una suerte de sangría; después, fue Raphinha el encargado de castigar la continua inconsistencia defensiva que comenzó a apoderarse de un temeroso Atlético de Madrid. Recogió una pelota con clase entrando al área grande, regateó a un Oblak que se precipitó demasiado en la salida y empujó a placer el balón al fondo de las mallas.
El Barcelona no cesó en sus continuas embestidas y volcó la totalidad el juego ofensivo al área del conjunto visitante, en parte gracias a un Pedri que se vistió de Harry Potter y tejió todas las oportunidades de ataque sin que se le escapara ni una. Todo lo peligroso pasaba por las botas del canario, que filtró un pase sobre Dani Olmo, que cayó dentro del área tras un ligero toque de Pablo Barrios en el que el colegiado apreció pena máxima. Lewandowski se preparó para ejecutarlo, pero lanzó el balón a la estratosfera recordando a aquel penalti de Ramos contra el Bayern de Múnich.
Al término del descanso Simeone introdujo piernas frescas sustituyendo a Nico por Gallagher para tratar de recomponer a su equipo y contraatacar, o al menos resistir, las peligrosísimas incursiones que protagonizó el Barcelona prácticamente desde el gol de Raphinha que empató el partido tras el desliz inicial.
El Atleti se desperezó en los primeros minutos de la segunda mitad y empezó a probar las inmediaciones de la meta custodiada por Joan García, con Julián entrando más en contacto con el esférico que en la primera mitad y tratando de desequilibrar a la defensa del Barcelona, que comenzó a enseñar algún hueco punible. Al menos más de los que mostró durante la primera mitad.
Pero no tardó Dani Olmo en restablecer el orden culé. Recibió un balón de Lewandowski, lo acomodó con dificultad para el remate y, acariciándolo, batió con una sencillez casi sobrenatural a Jan Oblak, que no pudo hacer nada para evitar el segundo de los de Flick. Tal fue la dificultad del remate que Dani Olmo no pudo amortiguar la caída y su hombro acabó saliendo malherido. Le salió caro el gol al Barcelona, ponerse por delante a cambio de perder, y sin saber por cuánto tiempo, a uno de sus mayores activos. Aunque esa no fue la única baja en sus filas: también cayó Pedri, que desequilibró a los suyos tras su salida del campo. Por parte del Atlético de Madrid, Baena también salió tocado y sin conocer por el momento el alcance de su nueva lesión o de las lesiones físicas que le impidieron terminar el encuentro.
Simeone decidió no ocultar más su mano e introdujo a Griezmann para ver si el francés, en un arrebato virtuosístico, conseguía salvar al menos un punto de la inmensamente compleja, tensa y alocada salida a Barcelona. Lo intentó con Almada, con el propio Antoine, por banda diestra y sobre todo a balón parado. Pero pese a la ausencia de Pedri, que dejó en evidencia la gran dependencia que tiene el Barcelona de su joven estrella, pues sin ella son un equipo mucho más líquido, predecible y al que se le puede castigar con algo más de facilidad. Pero al Atleti el reloj de arena le jugó una mala pasada, y no dio tiempo a remontar un resultado que, dándose el Cholo con un canto en los dientes, pudo sin duda haber sido mucho más abultado de lo que finalmente terminó reflejando el marcador final, con un 3-1 cuando Ferrán Torres olisqueó sangre, como tiburón que es, y remató a placer en el centro del área de Oblak para darle a Simeone el tiro de gracia.

