Comenzaba el Atlético de Madrid su duodécima cita liguera en casa frente al Levante con una clara intención de seguir anclándose en la parte más elevada de la clasificación, justamente frente a un rival que, en los últimos tiempos, es una auténtica pesadilla para Simeone, tanto en caso local como visitante. Y así fue, porque el Atleti salió incisivo, con un juego muy móvil entre el centro del campo y las bandas, con las intenciones bien claras y remando, todo el conjunto, hacia la misma dirección. Tanto, que en los primeros diez minutos de partido, un descontrol absoluto a favor de los colchoneros, Barrios tuvo la suya tras un pase de tiralíneas de Hancko, y Baena estuvo también a punto de abrir la lata rematando elegantemente de tacón a la salida de un córner.
El Atlético siguió transformando el Metropolitano en una autopista —o en una suerte de pista de carreras—, aprovechando la velocidad de sus interiores hasta que, en un balón que le cayó en las botas a Giuliano y que después pasó a ser propiedad de Barrios, terminó haciendo un efecto pinball hasta que Adrián de la Fuente tuvo la mala pata de meterse el balón en su propio portería.
Tras el gol, el equipo de Simeone no siguió sino aprisionando con fervor y agresividad al equipo levantino, casi como cuando en la naturaleza un depredador se apodera de su presa y juega con los tiempos y su inocencia antes de darle el golpe de gracia definitivo y devorarla. Una actitud que desató los decibelios del coliseo rojiblanco y que convierte al Atlético de Madrid, de tanto en cuando, en un equipo que verdaderamente nada tiene que envidiarle a los más elevados tallos de Europa y que imprime temor en el rostro de sus rivales.
Pero el Levante no iba a dejarse fusilar tan fácilmente. No, al menos, sin oponer algo de resistencia. Aprovechando un minuto de desconexión del Atlético de Madrid, el equipo sureño adelantó las líneas, forzó un córner a su favor y machacó cuando Giménez dejó rematar a placer a Manu Sánchez, que pedía disculpas y se santiguaba mirando a cámara. Otra vez más, y ya no hay espacio en el libro de la historia de este deporte, volvía a cumplirse la famosa ley del ex.
El equipo de casa trató de desperezarse tras encajar un empate que sabía a injusticia y a poco después de los excelsos minutos que jugaron los pupilos de Simeone, pero el Levante, más recompuesto y sólido, sobre todo en defensa, impidió al Atlético de Madrid materializar de nuevo ese reinado absoluto y unívoco del que había gozado en los primeros compases del encuentro. Y aunque el Atleti no quitó el pie del acelerador, tampoco el Levante lo hizo del del freno, y el gol siguió sin aparecer en el horizonte de los colchoneros. Y así, con Mateu Alemany observando con sagacidad desde la grada, se marcharon los locales al túnel de vestuarios para atender las instrucciones de Simeone y parchear aquellos retales que necesitaban solución a fin de buscar los tres puntos en los 45 minutos restantes.
Pitaba Gil Manzano para dar comienzo a la segunda mitad y ya desde el primer momento Baena trataba de desquitarse buscando portería desde fuera del área, pero el disparo se marchó rematadamente desviado y el enfado de Simeone padre fue visible en la banda por la decisión apresurada que tomó su futbolista.
El Atlético siguió y siguió intentándolo, volcando el juego en dirección a la banda zurda dirigida por Álex Baena y Matteo Ruggeri, que poco a poco iba incorporándose más en el ataque como figura de apoyo y anclaje. Ello, cuando Simeone hizo pasar a su equipo por boxes y cambió neumáticos duros por blandos: un Sorloth más bien ausente y un Pablo Barrios hastiado dejaron paso a Almada y Griezmann para renovar el combustible. Y ni más narices, porque fue cosa de llegar y besar el santo. El principito, siguiendo la filosofía de Julio César, vio, vino y venció, cuando nada más entrar al terreno de juego desatascó el asunto tras meter la puntera con una coordinación sencillamente perfecta al recibir un centro calculado de forma logarítmica por un inmarcesible Marcos Llorente.
Entonces la defensa inexpugnable que había desplegado el equipo valenciano comenzó a hacer aguas y a volverse menos pegajosa, permitiendo al Atleti, sobre todo dirigido por la batuta de Almada y Griezmann, que revolucionaron los tempos del partido desde su incorporación, penetrar más entre las líneas del Levante y gozar de más oportunidades de lograr el tercer tanto para asegurar la adquisición de otros tres puntos. Una de las más claras la tuvo Giuliano Simeone, que se encontró con mucho espacio y tiempo para pensar, aunque quiso decidir con extrema rapidez y acabó provocando que su propio padre se desesperara en la banda, hincando las rodillas en el verde.
El propio Giuliano fue sustituido hacia el minuto setenta de partido para dejar hueco a Nico González, que entró para tratar de asegurar el resultado o, incluso, resquebrajar de nuevo la psique de un Levante que de nuevo se había recompuesto y que acechaba otra vez las inmediaciones del área rojiblanca. Si no —y esto deja de ser noticia—, que se lo digan a las manoplas de Jan Oblak, que tuvo que volver a realizar una supertécnica de esas que aparecían en Inazuma Eleven para impedir que los visitantes volvieran a poner la igualada.
Y entonces volvió a aparecer el que se apoda igual que la mejor creación de Saint-Exupéry, después de remachar en segada una jugada magistral obra de Julián Álvarez que quedó al borde de la línea de gol tras un paradón inconmensurable de Ryan, el guardameta levantino.
El Atlético de Madrid cerró filas para tratar de aguantar el doble tanto de ventaja, que finalmente terminó manteniéndose tras una surrealista revisión del VAR, que anuló un tanto al borde del descuento del Levante, y que valió su definitivo peso en oro a la hora de asegurarse la victoria y evitar que alguno de los tres puntos en disputa se escapase del Metropolitano, que comienza a colgar las guirnaldas, las estrellas, la decoración navideña y a colocar el árbol con vistas a un nuevo parón de selecciones y sonríe porque, hasta más ver, el Atlético de Madrid ha conseguido solidificar la química entre veteranos y recién incorporados y entra por fin en ritmo de competición, agarrándose con firmeza y seguridad a los puestos Champions.

