Ya nos hemos adentrado en noviembre, y los adornos de Navidad proceden a poblar las ciudades y los balcones de las casas de toda España, pero cada vez que en el calendario del Atlético de Madrid aparece el Levante se para la maquinaria como si viviéramos toda una pesadilla en Luis Aragonés street y aún no nos hubiésemos recompuesto de la tenebrosa y siniestra noche de Halloween. O como si viviésemos una suerte de pesadilla antes de nochebuena, nótese la referencia cinéfila. Es, y aunque parezca mentira, uno de los equipos que más dolores de cabeza producen en la estructura mental rojiblanca: revienta los planes de Simeone, inunda el Metropolitano, arruina la tarde a todos los aficionados rojiblancos, etcétera. Comienzo a pensar que seríamos más eficaces contra un equipo de renombre y en competición internacional que, qué se yo, durante unos hipotéticos octavos de final de Copa del Rey contra un equipo de estas mismas características.
Hoy hemos ganado, sí, pero gracias a que Almada, sin notarse tanto, y a que Griezmann, notándose de forma magnánima, desatascaron un partido que quizás, sin su presencia y acierto, habría terminado de otra manera: una parada magistral de Oblak y un gol anulado por el VAR han terminado por maquillar demasiado a nuestro favor un partido que, salvo los aplastantes veinte primeros minutos, podría haber terminado de otra manera mucho más catastrófica y cruel.
Lo que sigue separando al Atlético de Madrid de ser uno de los mejores equipos del mundo es, precisamente, su irregularidad. Cómo sigue desplegando un juego precioso a la par que efectivo en un partido y, al siguiente, mangarla de manera estratosférica o estar al borde de hacerlo; cómo, en la mayoría de las ocasiones, sigue manteniendo un ritmo incompleto, incapaz de ajustar su velocidad para coger una de crucero, más o menos constante a lo largo de todas las semanas de competición.
Eso, y por ejemplo su tristísima infantilidad a la hora de plantar caro a las jugadas de pizarra y balón parado que despliegan los equipos contrarios, convierten todo esto en una especie de cóctel molotov que acaba abrasando todo el ecosistema a su alrededor y que continúa impidiendo al Atlético de Madrid dar el paso definitivo hacia la grandeza o para competir de tú a tú a Real Madrid y Fútbol Club Barcelona.

