Resulta difícil saber con exactitud cómo se escribe el nombre del equipo. Y más aún cómo se pronuncia. Pero lo que estaba claro, en la psique del aficionado atlético promedio, es que este tipo de encuentros los carga el diablo —Qarabag, cof, cof, etcétera— y que conviene no cargarse de demasiadas confianzas, porque luego pasa lo que pasa y el Atlético de Madrid no puede permitirse el lujo —y menos contra el Saint-Gilloise— de seguir jugando a puzzles infantiles en lugar de ir encarrilando su paso a la siguiente fase de la Champions League, bien sea de forma directa o a través de la nueva fase clasificatoria.
Comenzaba el Atlético de Madrid-Union Saint Gilloise con la ya rutinaria y sonora pitada al himno de la Champions, que sólo ha hecho que acrecentarse en territorio rojiblanco tras el famoso penalti de los presuntos dos toques de Julián, con Julián y Griezmann reinando y abrillantando la delantera y con un equipo belga, que por cierto lidera a esta hora su liga doméstica, al que lo chic de Madrid parecía no haber amedrentado ni tan siquiera un poco. De hecho, los cinco primeros minutos los amansaron con total confianza en sí mismos, con el Atlético adormecido y colapsado ante una presión sistémica y asfixiante que desplegó con valentía y hasta un punto de vaga y ligera chulería.
Pablo Barrios comenzó a bailar al compás que le iba marcando Koke y se sacó de la chistera una sucesión de regates maradonianos que terminaron en nada porque, de momento, su equipo no le acompañaba del todo. A punto estuvo Jan Oblak de colarse una pelota en su propia meta pero su sangre fría lo impidió en el último momento, mientras la Union Saint-Gilloise olisqueaba la sangre y seguía buscando huecos y peligro. La risa iba por barrios.
Y por Barrios, nunca mejor dicho, fue, pues el futbolista español comenzó a imantar la práctica totalidad de los balones hasta el punto en que no era una jugada de peligro si no pasaba, al menos una vez, por las botas mágicas del centrocampista español. Cuántos se le había echado de menos y cuánto, en definitiva, se nota cuando no está presente en el terreno de juego.
Aunque la fe de un solo hombre no fue, ni de lejos, suficiente para encerrar a un conjunto visitante que, liderado por unos Kevin Rodríguez y Ousseynou Niang totalmente alocados y desatados por la banda zurda, fueron todo un dolor de cabeza para David Hancko y Matteo Ruggeri.
Julián y Baena comenzaron a mostrar, pero desde el escaparate, diminutos retales de la nueva sociedad conjunta que podrían fundar con el paso de las semanas y de los meses, pero el disparo del argentino salió de marca blanca y fue capturado de forma sencilla por el portero rival.
La peor noticia para los médicos del Atlético de Madrid y para el propio Simeone fue la lesión de Robin Le Normand, que obligó a parar el cronógrafo a la altura de los primeros veinticinco minutos y propició la salida de Jose María Giménez al verde del Metropolitano. No fue el partido sino uno elevadamente estratégico y enquistado, bastante lento, enfangado y graso y sin demasiadas oportunidades ni aunando los intentos de ambos equipos por resquebrajar el resultado gafas.
Eso, hasta que el Metropolitano quedó congelado en el tiempo ante un intento de chilena fallida que ejecutó por sorpresa uno de los centrales de los belgas y que puso de manifiesto la gran cantidad de espacios que estaba dejando el Atleti en defensa, sobre todo a la hora de taponar las jugadas a balón parado.
Eso hasta que Giuliano Simeone se vistió de gladiador e imprimió algo de cordura y templanza en el clima como poco revuelto que atravesaba el partido. Tras un robo de ladrón de guante blanco de Barrios —lo deben estar buscando aún por lo del Louvre—, el hijo del Cholo se colgó la capa de superhéroe, corrió como en las cintas del gimnasio y dejó paralizada a toda la línea defensiva rival. Luego, levantó la cabeza y encontró a Julián, que recibió el centro parcialmente mordido y controló elevando la pelota como sucedía en los dibujos animados japoneses que veíamos de pequeños y ejecutó una auto-volea preciosa. Remate arácnido y primer gol para los de Simeone mientras este último iba pergeñando posibles estrategias para llevarse el partido en la segunda mitad.
Aunque estuvo a punto de no hacer falta esperar a la llegada de los últimos cuarenta y cinco minutos de batalla, cuando Nahuel Molina estrelló un disparo mastodóntico desde fuera del área contra el palo y Griezmann acomodó el rebote al fondo de las mallas, donde mandan los cánones. Pero el árbitro, con criterio y bien avisado desde el VAR, detectó un fuera de juego previo de Álex Baena, con lo que anuló el tanto y el Atlético volvió a entrar a vestuarios ganando pero por la mínima.
Se reanudó el minutaje en mitad de una Madrid que comenzaba a adquirir ya tonalidades y temperaturas navideñas, y con un Atlético algo más incisivo y notablemente más seguro de sí, mordisqueando con más claridad y con una mayor sensación de estar generando peligro de forma más o menos constante y ácida.
Barajó Simeone para dar descanso a Baena, Koke y Griezmann e introducir piernas frescas de la mano de Almada, Gallagher y Sorloth. Este último protagonizó una jugada peligrosísima dentro del recinto punible, cuando fue arrollado por un defensor del Saint-Gilloise, hasta el punto en que su pierna se clavó violentamente en el césped. Pero ni el árbitro ni desde la sala de videoarbitraje lo consideraron oportuno o suficiente como para sancionarlo con penalti.
Pero entonces Sorloth decidió vengarse. Se vistió de Ronaldinho el ariete noruego, corriendo desde la banda, cabalgando como si fuera un extremo, y buscando el tiro tuvo dos oportunidades que rechazó la zaga visitante. Hasta que Gallagher se la encontró de cara y, sin pensárselo dos veces, apostó por un rápido cambio de dirección y por una rosca que elevó la pelota por encima del cráneo de sus rivales hasta encontrar portería por prácticamente toda la escuadra.
Aunque Sykes, de cabeza a la salida de un córner, recortó distancias para el Saint-Gilloise y metió miedo y algo más de presión en las piernas de los futbolistas del conjunto colchonero. Y vaya que si sufrió, porque los últimos minutos se hicieron cuesta arriba y comenzaron a escucharse breves jaculatorias del Cholo desde la banda, que no pudo sino rezar para que el partido acabara bien para los suyosuando el batallón belga torpedeó, mas sin éxito, la portería defendida por Jan Oblak.
Y así terminó, pero no sin sufrimiento y no sin que Jan Oblak tuviera que meter sus guantes de hierro para evitar que el Atlético de Madrid se metiera en serios problemas. Pero entonces apareció Marcos Llorente para que la gente evitase hablar de posibles hemorragias, en una jugada donde el portero rival taponó un chut poderosísimo de Almada y que él, habiendo entrado para dosificar en un inicio a los suyos, terminó cerrando con pestillo para darle combustible al Atlético de Madrid, a espera de que alce definitivamente el vuelo en la presente edición de La Liga de Campeones.

