Julián, Almada y Griezmann picotean al Sevilla y el Atlético vuelve a sumar de tres

Día de Todos los Santos en el Metropolitano, con el Atlético de Madrid encomendado a los suyos —Aragonés, Simeone, etcétera— para tratar de asegurar la buena dinámica venciendo, ahora en casa, al otro equipo de la capital de Andalucía. Y pretendía hacerlo con un once de gala y con Baena, Alexander Sorloth y Julián Álvarez como principales bazas ofensivas. En defensa, el Cholo apostó por darle minutos al hasta ahora bastante olvidado lateral italiano Matteo Ruggeri.

Aunque el Sevilla, vestido hoy de negro impoluto, casi de luto, no se dejó acobardar por el ambiente prácticamente celestial que desplegó la afición del Atlético de Madrid y que convirtió, por momentos, el Metropolitano en un templo casi más cercano a la divinidad que al propio fútbol, desplegando un fútbol adelantado, con los defensas —sobre todo Azpilicueta— participando en la propia construcción de juego y las tres líneas bien adelantadas para ejercer presión inicial sobre los pupilos de Simeone pese a los evidentes huecos en defensa que tal estrategia podría suponerles.

Pero rápidamente el Atlético comenzó a cabalgar, con Julián, Baena, Giuliano y Nico como principales jinetes, los jugadores que en más ocasiones alteraron el ritmo pausado y frío que había ido adquiriendo el juego y fueron, poco a poco, volcando el sentir ofensivo hacia el lado del campo defendido, bajo palos, por Vlachodimos. Aunque, eso sí, sin demasiado peligro aparente; al menos sobre el papel al Atleti volvía a faltarle más o menos lo de siempre: efectividad en los metros finales, más inventiva ofensiva y depender menos de que el gol pudiera llegar únicamente tras filtrar un balón a la posición ligeramente adelantada de Sorloth.

El partido entró, al cabo de media hora, en una fase de total encefalograma plano y lineal, donde, y eso lo dice todo, Hancko fue prácticamente el futbolista con más imaginación ofensivo de todo el despliegue de cartas que tenía el Atlético sobre el verde, bastante atascado e incapaz de descifrar el juego defensivo del Sevilla para demolerlo o, al menos para resquebrajarlo.

La mejor opción de la primera parte la tuvo Nico González, tras levantar una volea magistral, sacada de Hogwarts, en el centro del área sevillista y que terminó clavándose, con una pizca de crueldad, en el palo diestro de la portería taponada por Vlachodimos, que tan sólo pudo espetar una plegaria, un rezo, una rápida jaculatoria para pedirle a todo el Olimpo que esa pelota no acabara besando las mallas, porque ni con dos segundos más habría sido capaz de detenerla si el chut hubiera tomado, finalmente, dirección a portería. Eso sí, no sin antes tener otra oportunidad desperdiciada y el Sevilla dibujar un lanzamiento espléndido que impactó contra la grada del fondo sur tras salir rozando el palo.

El Sevilla apostó por pagar la multa y retrasar su reingreso al terreno de juego, en un claro y evidente intento por tensar los botones del Atlético de Madrid y ganar, a los de Simeone, la batalla psicológica antes de tratar de hacer lo propio con la futbolística.

Aunque para tratar de conseguirlo eligieron el camino de lo físico, y tal camino les llevó, como no podría ser de otro modo, porque es lo que tiene jugar con fuego, terminó Nianzou arrollando a Giménez de forma escandalosa dentro del área, con los tacos a la altura de muslo, casi rozando la cadera. Aunque, eso sí, fue el VAR y no el árbitro principal de campo quien terminó por adjudicar la pena máxima. Un penalti que Julián Álvarez imprimió de forma tan perfecta y inalcanzable que, pese a que Vlachodimos adivinara el lado sobre el que el argentino iba a ejecutarlo, el balón terminó por colarse dentro de la portería y regalando el primer tanto a un Metropolitano por fin desatado y enfervorecido.

Sacudió la torre de Babel Simeone para rescatar a Sorloth y Nico y dar entrada a Conor Gallagher y Thiago Almada, dejando una parte de la entera recalar directamente en las botas de Álex Baena. O, quizá, más bien, en las de Thiago Almada.

En una jugada en la que Giuliano Simeone —el único que siempre cree— se anticipó y robó la pelota en la línea de banda, y en la que regateó y penetró hasta la cocina, Thiago Almada tan sólo tuvo que esperarla con paciencia criogénica y dejar la bota con un toque de amarga elegancia y clase barrial para empujar la pelota al fondo de las mallas. El Atlético de Madrid sentenciaba el encuentro cuando todavía faltaban unos aproximados diez minutos para la conclusión del encuentro.

Tuvo Griezmann en sus botas la oportunidad de marcar el tercero y darle holgura al marcador solo frente al portero, pero le pudo la presión y terminó mandando el balón fuera, para decepción momentánea de la grada que, en pleno momento ígneo de éxtasis y jolgorio, estaba deseando recibir más razones para botar, saltar y seguir celebrando. Pero Griezmann, que perdonó la primera, no iba a dejar las cosas así y buscó su vendetta personal. En una jugada en la que recibió la pelota cerca del área e imantó la pelota como lo haría tan sólo un futbolista tallado en oro, inclinó el tablero a su favor, ejecutó el jaque mate y empaló la bola al segundo palo más con efecto y colocación que con fuerza bruta. Así, se suma a una larga lista de cracks absolutos que han marcado al menos 200 goles en la liga española.

Aunque tanto con el gol como sin él, el motivo para la felicidad seguía existiendo: primero, porque el Atlético fue capaz de levantar un partido que en la primera parte se le enfangó con mucha claridad; segundo, porque el Atlético, pese al naufragio de su Armada Invencible en Londres, se apunta, con este triunfo frente al Sevilla, de nuevo al camino del éxito, sigue sumando de tres y compra su plaza en lo más alto de la tabla doméstica.

Por Raúl R. Méndez

Fue en un diminuto instante: yo no quería, pero al salir por las puertas del Vicente Calderón escuchando el himno del Atlético de Madrid supe que no había nada en la Tierra que se pareciera más al Cielo. Aquí te suelo traer la crónica de los partidos de nuestro Atleti.

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