La jugadora rojiblanca fue uno de los dos descartes que realizó Sonia Bermúdez junto a Cristina Martín-Prieto, pero la centrocampista podría ser clave en el coliseo colchonero.
La Selección Española empató ante Alemania (0-0) en la ida de la final de la Nations League. Cata Coll fue salvadora bajo palos, e Irene Paredes evitó un gol en la línea. Edna Imade debutó con la Roja. El martes 2 de diciembre a las 18:30h, las de Sonia Bermúdez se jugarán el título en el Metropolitano
noche en la que el fútbol se jugó al borde del colapso, con la lluvia como banda sonora y el miedo como marcador invisible. Alemania rugió, golpeó, perdonó. España resistió. España respiró. España sigue viva.
Había algo en el gesto de Christian Wück antes de que rodara el balón. Algo de determinación militar, de plan trazado con regla y escuadra. Alemania no salió a probar, salió a imponer. El guion era claro: posesión dominante, presión alta, abismo constante al primer error rival. Y España —acostumbrada al toque y la pausa, a la seguridad de la pelota como abrigo— sintió, desde el segundo uno, que el terreno era enemigo.
Las transiciones alemanas fueron cuchillas. Klara Bühl, eléctrica y feroz, corría como si el área rival fuese un destino inevitable. Nicole Anyomi era viento huracanado desde el perfil contrario. Ambas convirtieron las bandas españolas en un campo minado. Cada conducción llevaba olor a gol; cada centro era un pequeño terremoto. Irene Paredes y Cata Coll jugaban al límite, multiplicándose, cerrando huecos que se abrían como grietas bajo la lluvia. Hubo una acción, en la que Cata se lanzó como quien salva una patria entera. Alemania mordía. España sufría. Y aún así seguía 0-0.
La Selección se vio desbordada, desconectada, incómoda. Las pérdidas en zona de riesgo dolían, lentas como un castigo. La salida limpia parecía utopía. Ona Batlle vivió un primer acto de supervivencia pura: metros y metros repitiendo el mismo combate, como en un bucle de tormenta. España apenas podía juntar pases; Alemania era un tren sin frenos.
Y entonces, casi sin querer, la memoria trajo un retazo de dolor antiguo. Japón 2023. Aquel 4-0 que dejó cicatrices. Por primera vez desde aquella noche, España se sintió pequeña. Se sintió mortal. Y lo mejor del marcador no era la igualdad… era que seguía virgen.
Las 22 futbolistas se marcharon al vestuario con un silencio que sonaba a sentencia aplazada. 45 minutos jugados. El partido aún intacto. Pero la sensación era inequívoca: Alemania estaba por encima. Y España, simplemente, aguantaba.
Algo cambió tras el descanso. La España que salió del vestuario tenía otra mirada. Más fija. Más firme. Más valiente. Empezaron a aparecer los pases filtrados, los apoyos entre líneas, los movimientos coordinados. Alexia Putellas reclamó la pelota como quien reclama su corona. Esther González olió el área, buscó a las centrales, ganó duelos.
Primero fue Alexia, con un latigazo seco, rasante, ajustado al palo, que dejó temblando a la afición alemana y helado el aliento del estadio. Poco después, Esther ganó un metro en el aire y estampó un testarazo en el larguero que resonó como un trueno sobre el cielo plomizo. España había cambiado la narrativa.
Lejos de amedrentarse, Alemania reaccionó como lo hacen los grandes animales cuando los tocas en el orgullo: se retorció, enseñó los dientes y lanzó dentelladas al corazón del partido.
Anyomi, en una transición vertiginosa, se plantó ante las centrales españolas, pero Paredes y Laia Codina, la encerraron como si fuera un ave que entra en una jaula de acero.
La tormenta alemana continuó. Bühl botó un córner que surcó el área pequeña sin que nadie lo empujara. Klara, en otra embestida, sacó un derechazo desde la frontal que impactó en el poste con una violencia que retumbó en toda la grada. Luego llegó el turno de Brand, cuyo centro-chut se estrelló en el travesaño como si el cielo decidiera también participar en la épica del encuentro.
Wück ni Sonia Bermúdez querían mover ficha antes de tiempo. Los dos entrenadores gestionaron los cambios como si fuera una final de 1960, de esas de blanco y negro, de las que tenían partido de vuelta y donde cada sustitución era un acto solemne.
Sonia introdujo primero a una incisiva Eva Navarro, luego a a la siempre vertical Athenea y a Maite Méndez, y remató la faena dando la alternativa a Imade, que debutó con el doce a la espalda para cumplir el sueño que tantas veces le había quitado el sueño.
Alemania respondió con músculo, con oficio, con piernas frescas. Más vértigo, más centros, más golpes.
El campo, pesado por la lluvia, se convirtió en un tablero donde cada jugadora tenía que pensar dos veces y correr tres. El miedo a perder congeló el partido. Cada pase pesaba el doble. Cada pérdida era un abismo. Las ocasiones llegaron a cuentagotas.
La más clara antes del cierre fue un balón dividido que obligó a Cata Coll a salir del área, a lo Neuer, a cortar el desmarque de Bühl. El rechace cayó en los pies de Martínez, que probó desde la distancia. Su disparo se fue desviado y dio una vida extra a las visitantes.
Cuando la árbitra marcó el final, el silencio duró un segundo que pareció un siglo. Un respiro colectivo. Una tregua temporal. Nadie sabía si había ganado algo o lo había perdido.
Pero España salió viva. Y a veces, en campo enemigo, sobrevivir es lo mismo que vencer.
Porque este empate sin goles no habla de debilidad, sino de oficio. De saber sufrir. De remar cuando las piernas pesan, cuando el campo resbala, cuando tu rival es una locomotora histórica que no entiende de descansos.
España, la campeona de Europa, demostró que también sabe defender su corona desde el barro. Que no solo gana desde la armonía técnica, sino desde el sudor, desde el sacrificio, desde esa épica silenciosa que separa a las selecciones buenas de las naciones eternas.
Firmó algo más valioso:
Una declaración de que la campeona puede sangrar, sí, pero no cae.

