Edna Imade ha sido la gran novedad de una lista española en la que el Atlético de Madrid, dueño de las instalaciones donde se levantará el trofeo, estará representado por Fiamma Benítez.
Hay jugadoras que nacen para ocupar un espacio.
Y luego está Fiamma Benítez Iannuzzi, que no ocupa, trasciende.
Transciende desde una manera única de entender el fútbol, tan de calle como de élite, tan visceral como precisa, tan uruguaya en el alma como española en la ejecución; una mezcla casi mística de pasión y geometría, de barro y academia, que ha convertido a la “21” del Atlético de Madrid en una pieza que no sólo encaja: define.
Su nombre, “Fiamma”, significa fuego. Y pocas veces un nombre ha sido tan exacto.
Su fútbol no arde: ilumina.
Cada control es una decisión estética.
Cada giro, una ruptura de la rigidez rival.
A sus 21 años, juega con una madurez que parece venir de otro tiempo, como si el balón le susurrara secretos que sólo ella conoce.
Llegó a Madrid como promesa. Hoy ya es presente.
Su debut europeo ante el Rosenborg fue una declaración de identidad: gol, carácter, liderazgo silencioso. Ese día no nació una estrella, se reveló.
Víctor Martín lo vio desde el primer entrenamiento: “Tiene un talento que no se enseña. Pero lo que más me impresiona es su sacrificio.”
Y en el Atlético, el sacrificio no es una virtud: es religión.
Fiamma es una centrocampista total. Interior, mediapunta o extremo interiorizado, siempre interpreta el espacio con precisión quirúrgica. Su primer toque es poesía aplicada a la táctica: controla orientado, ya sabe dónde va a poner el balón antes incluso de recibirlo.
Ve líneas de pase invisibles, rompe muros defensivos con pases interiores que parecen imposibles y tiene la pausa exacta para decidir cuándo acelerar y cuándo dormir el partido.

Pero su repertorio no se agota ahí.
Tiene gol. Tiene instinto. Tiene carácter.
Cada disparo suyo lleva dentro un fragmento de su historia, la garra uruguaya, la pausa española, la disciplina italiana.

Porque si algo define a Fiamma es que su talento nunca viaja solo, le acompaña una ética de trabajo feroz.
Corre, presiona, roba, muerde.
No por obligación, por convicción. Ese es su sello rojiblanco, talento con alma obrera.
Tras la grave lesión de Gio Queiroz, el equipo perdió imprevisibilidad.
Fiamma respondió sin altavoz, sin aspavientos, ampliando su radio de acción, liderando desde el silencio, reconstruyendo los puentes ofensivos del Atlético.
Sus compañeras la resumen con una palabra cargada de historia rojiblanca, la resiliencia .
Hay encuentros en los que el Atlético parece agotado, superado.
Entonces llega una acción suya y el partido respira otro aire.
Cuando toca el balón, el juego se oxigena.
Cuando acelera, la grada despierta.
Cuando aparece, el Atlético cree.
Ella no ve el fútbol como guerra, sino como conversación.
Cuando juega, no grita: dialoga.
Cuando corre, no huye: busca.
Cuando toca, el fútbol cambia de idioma.
No todas las capitanías llevan brazalete.
Algunas se sienten en la mirada, en el gesto, en la calma, en la forma de levantarse siempre primero.
Fiamma lidera sin ruido, sin necesidad de ocupar portadas, desde la serenidad de quien entiende que el fútbol es un estado del alma.
Campeona del mundo Sub-20 en Costa Rica. Debutante con la absoluta en 2022, precisamente contra el país de su sangre —Uruguay— en un guiño del destino a sus tres identidades futboleras: uruguaya en la pasión, española en la mente, italiana en la disciplina. Tres raíces, un solo fuego.

Porque Fiamma no juega para acumular estadísticas, juega para producir emoción.
Devuelve al fútbol su parte humana: el latido, la incertidumbre, la belleza del instante.
Cada pase parece recordar que el arte todavía existe.
Que hay jugadoras que hacen historia,
y otras que la escriben con fuego.
Ella es la llama del Atlético.
La que nunca se apaga.
La que arde incluso cuando el marcador duele.
La que convierte cada partido en una obra en construcción.
Ahora, mientras el Atlético de Madrid se prepara para viajar a los Países Bajos, donde el Twente aguarda en la Champions, todas las miradas vuelven a ella.
Porque en noches así, el fútbol necesita fuego.
Y el Atlético tiene el suyo.
Allí, ante el Twente, Europa volverá a mirarla.
Y cuando el balón encuentre sus pies…
se encenderá el mismo silencio expectante de siempre.
Ahora, cuando todo parecía escrito, queda el último verso, el que sólo pronuncian las elegidas.
Porque Fiamma Benítez no sólo encenderá al Atlético cada fin de semana:
Encenderá a toda España en el escenario que sólo las valientes pueden habitar.
La gran final de la Liga de Naciones, en el Metropolitano, ante Alemania.
Su casa. Su templo. Su territorio emocional.
Allí, donde aprendió a correr con alma obrera.
Allí, donde convirtió cada control en identidad.
Allí, donde su fuego se hizo herencia rojiblanca.
Ese día, cuando España mire al túnel y vea a la “21” salir con la camiseta roja, el estadio entenderá el milagro:
Que una jugadora del Atlético representará a un país entero en el partido que define una era.
No será sólo un símbolo; será un puente entre dos pasiones, dos latidos, dos historias que se funden en un único destino.
Y cuando suene el himno y el Metropolitano contenga el aliento. Ella levantará la cabeza con la misma serenidad de siempre, como quien sabe que no pisa césped: pisa memoria.
Porque Fiamma no juega finales.
Las enciende.
Y en ese instante, frente a Alemania, bajo el cielo rojiblanco que la vio crecer, España tendrá algo más que una centrocampista, tendrá una llama eterna.
La llama que arderá por el Atlético.
La llama que arderá por un país.
La llama que, al tocar el primer balón de la final, volverá a despertar el mismo silencio expectante de siempre.
El silencio que precede al fuego, la luz que iluminará a las campeonas del mundo en su territorio se apellida Benítez.


