Hay momentos en los que una discusión deja de ser una simple discusión. Con Julián Álvarez estamos empezando a acercarnos a ese punto. Y lo decimos como atléticos, no desde una posición distante: también estamos dolidos con el argentino y entendemos perfectamente que parte de la afición se sienta decepcionada.
Julián tiene derecho a plantearse su futuro. Nadie puede obligar a un futbolista a quedarse donde no quiere estar. Pero también creemos que se equivocó en cómo gestionó públicamente su situación. Algunas declaraciones durante el Mundial, especialmente teniendo en cuenta que después debía regresar al Atlético, podían tener consecuencias. Un jugador también debe ser consciente de que sus palabras pueden cambiar la relación con una afición que le había convertido en una de las grandes referencias del proyecto. Por eso entendemos los pitos y el enfado. Lo que no sabemos es si nos interesa que ese enfado se convierta en una guerra durante toda la temporada.
Cánticos y pancartas contra el argentino
Los cánticos contra Julián durante el Atlético-Málaga, incluidos insultos como “Julián Álvarez, hijo de ****”, son una señal de que el problema ya ha llegado a la grada. Después llegaron las palabras de Simeone, cuya respuesta sobre el comportamiento de nuestra gente tampoco consiguió cerrar el debate. No sabemos exactamente qué quiso transmitir ni sería justo atribuirle una intención concreta, pero su brevedad y la posterior falta de una aclaración han añadido más ruido. Y ahora aparecen carteles contra Julián en el Cerro del Espino, donde la escalada es evidente.
Aquí es donde, como atléticos, debería preocuparnos más el Atlético que tener razón. Si Julián continúa, tiene que poder jugar. No podemos convertir cada error suyo, cada decisión de Simeone o cada partido en un nuevo capítulo de este conflicto. El equipo no puede pagar durante meses una discusión que empezó fuera del césped.
Una situación complicada para todos que tiene precedente
Julián, además, tiene una situación particular. Aunque su deseo de cambiar de aires parece claro, tiene contrato con el Atlético hasta 2030 y, a día de hoy, tampoco parece que exista una operación que vaya a sacarle del club este verano. El Barcelona no estaría dispuesto a alcanzar las cifras que exigiría el Atlético y, salvo un giro importante en el mercado, todo apunta a que el argentino seguirá vinculado al equipo rojiblanco esta temporada. Precisamente por eso, tendrá que asumir que todavía le queda una oportunidad para cambiar la historia.
No hace falta que lo haga con entrevistas, mensajes en redes sociales o grandes declaraciones. Si finalmente continúa, tendrá que demostrar sobre el césped que está dispuesto a competir, correr, presionar, marcar y volver a ser ese futbolista que convenció al Atlético y a su afición. No porque se haya borrado lo ocurrido, sino porque ahora mismo el fútbol es probablemente la única vía capaz de reconstruir una relación que se ha deteriorado.
Ya vimos con Griezmann que una relación deteriorada con la afición puede reconstruirse. No son casos iguales, pero sí existe un precedente: las heridas también pueden cerrarse.
Todavía estamos a tiempo de que esto no vaya a más. Julián tiene que hablar sobre el césped. La afición tendrá que decidir si quiere volver a escucharle. Y el Atlético deberá conseguir que, cuanto antes, el protagonista vuelva a ser el fútbol. Ahora le toca hablar a Julián, pero no con un micrófono, con un balón.

