Hacía tanto tiempo que no veía un gol de saque de esquina que he terminado por emocionarme recordando a Godín en el Camp Nou en 2014. Era una costumbre que habíamos perdido, que habíamos asumido que no volveríamos a ver nunca, o al menos no con tanta frecuencia, y seguía sin entender por qué, cuando gran parte de nuestra seña de identidad se basa (o basaba) en el juego a balón parado, habíamos dejado de marcar tantos goles a la salida de los córneres. De ese preciso modo es como de verdad se fastidia a los rivales que se creen y ven con el partido empatado, pues aparece Giménez torciendo el cuello de forma cinematográfica para ponerles contra la espada y la pared. Algo así como cuando Jack Sparrow dice aquello de que han estado a punto de capturarlo, o Máximo Décimo Meridio afirma que alcanzará su venganza en esta vida o en la otra.
Marcar a la salida de un córner, más en los últimos minutos, no supone sino una alegría tremebunda, pues eres al mismo tiempo consciente de que el partido tampoco te ha favorecido en exceso pero que, aun así, la victoria hoy te sonríe como mañana dejará de hacerlo, aunque mientras permaneces en la primera y cómoda franja eres sumamente feliz. En el fondo entiendo por qué a los madridistas les encanta tanto recordar el gol de Ramos en Lisboa. Cómo me habría gustado marcárselo nosotros a ellos.
Marcar a la salida de un córner, decía, es un ejercicio de casta y valor que te reconforta en lo más profundo del alma. Pero, sobre todo, es un experimento de ADN futbolístico que te diferencia, por ejemplo, de los equipos que prefieren ganar jugando bonito, manteniendo la posesión, haciendo florituras o marcando goles que estrictamente han de ser de volea o chilena. En cambio, marcar a la salida de un córner identifica quién eres en esto del fútbol y dice sobre ti que te importa un rábano o un comino que el gol sea más feo que pegarle a un padre, pues igualmente es un gol, sube al marcador y te sirve para darte una alegría tonta cuando tu equipo se lleva los tres puntos de la manera, seamos sinceros, más injusta para el otro equipo, que también lo ha dado todo pero no ha marcado a la salida de un córner.
Me atrevería a decir que prefiero, mil y una veces, marcar a la salida de un córner que una invitación para cenar con Brad Pitt en Las Vegas. Porque con Brad Pitt estoy seguro de que jugaría al póquer, bebería buen whisky, me reiría escuchando sus anécdotas sobre el bajo Hollywood, sus historias sobre los mejores y peores momentos en su larga vida como actor de renombre, pero estoy seguro de que Brad Pitt jamás podría marcar un gol a la salida de un córner.
En fin, que el Cholo bien haría en entrenar el balón parado con estos muchachos, porque es muy bonito hacer que vuelva el escudo, pero de nada termina sirviendo si el espíritu irascible y profundamente molesto para los rivales inherente a ese sentimiento termina quedándose a medio camino y no regresa nunca.

