Para pitarle un penalti al Atleti

Dejémoslo claro cuanto antes, porque es imposible cambiarlo pero al menos es mejor vivir en el conocimiento que en la ignorancia: para pitarle un penalti al Atlético de Madrid es indispensablemente necesario que ese jugador sufra como si lo acabasen de apuñalar, o algo por el estilo. Es el único tique válido que, más por vergüenza que por aplicación del reglamento, permite que el Atleti disponga de un penalti a su favor. No importan las manos, las faltas o que a Sorloth le incrusten la pierna bajo tierra o le clavaren las uñas hasta lo más profundo del cuello. Si no hay sangre, para el Atlético no hay penalti. Es una regla sencilla pero me parece que ya está incluso aprobada de forma tácita por la UEFA, FIFA, RFEF y demás organismos siniestros a los que eso de la neutralidad y la objetividad les sigue sonando a cuento chino.

Para pitarle un penalti al Atlético de Madrid, por si fuera poco, es necesario que el futbolista objeto del mismo sangre sin parar, por lo que yo, de ser el Cholo, comenzaría a colocar sobres de ketchup entre las medias de los futbolistas, a fin de que parezca sangre y sea más fácil fingir que la pena máxima es algo prácticamente indiscutible para convencer a sus santidades, los colegiados a pie de campo y en la sala VOR.

Entre la lotería de Navidad o la del Niño y que el Atlético de Madrid tenga un penalti a favor por una acción dudosa, escoja siempre la administración lotera, porque el penalti a favor de los nuestros es tan improbable como que vuelva a suceder otro Big Bang o que tire usted un dado y le salga cincuenta veces seguidas cinco, por ejemplo. Una entre un millón, por decir algo. Ante la duda, pitar en contra del colchonero. No importa qué, cuándo, cómo, dónde, bajo qué circunstancia o reglamento. Así, que me pongan a pitar a mí también. Estoy por preguntar dónde hay que echar el currículum vitae para árbitro porque comienzo a sospechar que me estoy enrocando con esta profesión tan fangosa cuando, en realidad, lo tendría más fácil yendo de amarillo. O de negro, que a mí me pirra eso de ser el malo de la película, y con ese atuendo estoy seguro de que haría rabiar incluso más, de que sacaría más de quicio al aficionado prototípico del Atleti.

Por ejemplo, imagínense que Julián va a tener un penalti decisivo. Y que lo acaba metiendo. Yo me llevaría el silbato a la boca y lo anularía de inmediato por una absurdidad que no verían venir ni siquiera cuando estuviera a punto de caerles encima: qué se yo, Álvarez no lleva simétricamente atados los cordones, una media está ligeramente —nada, un centímetro— más alta que la otra, el futbolista ha parpadeado en un total de cinco ocasiones antes de la ejecución definitiva de la pena máxima y, atención, eso es un número impar que ha podido desconcertar al portero rival, con lo que, lejos de repetirlo, lo voy a anular directamente.

¿Lo he hecho bien? No me digan que no tengo futuro en esto del arbitraje deportivo. En fin, un placer, que me despido y todo eso. Tan sólo quiero que, cuando me vean pitando alguna sandez, recuerden este artículo y sepan, al instante y sin dudarlo, que he sido yo.

Por Raúl R. Méndez

Fue en un diminuto instante: yo no quería, pero al salir por las puertas del Vicente Calderón escuchando el himno del Atlético de Madrid supe que no había nada en la Tierra que se pareciera más al Cielo. Aquí te suelo traer la crónica de los partidos de nuestro Atleti.

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