En estos días, ver a Antoine Griezmann —leyenda viviente— y a Álex Baena —fichaje galáctico— en los conciertos de Dani Martín no es una casualidad: es la imagen de un puente precioso entre el Atleti y la música de un colchonero confeso. Dani, icono cultural de nuestro país, ha llevado su pasión rojiblanca allí donde va. Y eso, para la afición, también cuenta.
Se le han criticado frases que chocan con la sensibilidad de muchos atléticos —“Si mi ciudad es más feliz porque el Madrid gana la Champions, ¡pues que la gane!” o “El antimadridismo de los atléticos me parece de acomplejado”—. Se pueden discutir. Pero no se puede borrar lo esencial: Dani Martín ha defendido al Atlético de Madrid con orgullo, lo ha nombrado mil veces sin vergüenza, y ha sido altavoz de nuestros colores cuando no convenía subirse a ninguna ola. Su manera de vivir el Atleti no pasa por el odio al rival, sino por el amor a lo propio. Y eso también es “coraje y corazón”.
Que jugadores del primer equipo arropen su música habla de una misma sintonía: un club que compite, una afición que late y una voz que nos recuerda que el Atleti es identidad y pertenencia. En tiempos de titulares fugaces, Dani ha mantenido firme el hilo que nos une: el de cantar al Atleti sin complejos, con la bufanda bien agarrada al alma.
No todos sentimos igual, ni falta que hace. Pero como rojiblancos siempre acogeremos a quien suma, y Dani Martín suma: porque cuando suenan sus canciones, también suena el Atleti.

