En Candeleda (Ávila) late una historia que explica por qué el fútbol es mucho más que un marcador. Felipe Morcuende, aficionado del Atlético de Madrid de más de 90 años, recibe cada tarde el saludo de Facundo, un niño de 9, hijo de padres inmigrantes y alumno del CEIP Almanzor. Entre la cristalera de la casa del abuelo y la acera del colegio nació un ritual sencillo: una mano alzada, una sonrisa, la bufanda rojiblanca siempre al cuello.
Hace unos días ese gesto se convirtió en algo inolvidable. Facundo se detuvo, llamó al cristal y entregó un dibujo: Felipe sentado en su sillón, junto al escudo del Atlético, y un mensaje que desarma: “Hola, mi nombre es Facundo. No sé el tuyo, pero me alegra verte cuando voy a la escuela. Espero te guste el dibujo que hice para ti”. El abuelo, emocionado, fue al colegio para darle las gracias con un detalle que selló la amistad.
El Ayuntamiento de Candeleda ha plastificado el dibujo y ahora cuelga en la ventana de Felipe, como un faro pequeño que detiene a los vecinos. Se paran, leen, sonríen y repiten la misma frase: “¡Qué niño más especial!”. El alcalde, Carlos Montesino, habla de “una sensibilidad que ilumina”.
No hay trofeos en esta historia, pero sí victoria: la de dos generaciones que se reconocen en el mismo idioma, el del Atleti. Felipe y Facundo nos recuerdan que el Atlético de Madrid no solo se lleva en el pecho; también se comparte, de corazón a corazón, de padres a hijos, de abuelos a nietos.

