El Atlético enciende de milagro las luces de Navidad en Getafe

Juan Musso salió al terreno de juego para suplir la baja de Jan Oblak y no tardó en ver bien de cerca el ritmo que acabaría adoptando el partido: frenético, desenfadado y tremendamente fangoso y rítmico, pues apenas cumplido el minuto 1 una jugada que recordó más al pinball o a los bolos que al fútbol heló la sangre de los defensores rojiblancos, que, desprevenidos, aún no habían conectado las piernas a la fuente eléctrica. Y el Atletico de Madrid estuvo a punto de pagarlo caro.

Por eso Nico González tomó cartas en el asunto y remató con entereza un balón a la salida de un córner alrededor del minuto cinco de encuentro, por aquello de ir probando los guantes de David Soria y avisando al Coliseum getafense de que los del Cholo tampoco iban a tomarse en broma el partido. Tampoco tardaron en aparecer las genialidades individuales por parte de Pablo Barrios, Nico González, Julián Álvarez y Álex Baena, que buscaron en la filigrana y el retal estilístico la forma de desatascar la zaga impermeable del gran equipo, profundamente defensivo, que ha construido esta temporada José Bordalás.

La peor noticia para Simeone, sobre todo pensando en el encuentro frente al Inter, fue la lesión —o al menos la sustitución por precaución— de Marcos Llorente, que desde una jugada en la que sufrió un pisotón, notó molestias musculares y pidió el cambio rápidamente. Por él salió como una exhalación Antoine Griezmann, que se vio obligado a hacer un microcalentamiento y salir al césped para suplir la ausencia de su compañero.

El Atlético de Madrid fijó la mirilla en la portería contraria, usando como arietes o caballos de Troya a Griezmann y Julián Álvarez, quienes quisieron penetrar en campo contrario a base de calidad y reabrir la lata tras el último parón de selecciones del año.

Aunque el Getafe hizo gala del inmenso juego corrosivo e inexpugnable y fue frenando cada embestida del club del Manzanares con una facilidad pasmosa, sin despeinarse y sin más preocupaciones. Sin ceder más espacios o más oxígeno del necesario al Atlético de Madrid, que fue incapaz de romper la muralla infinita de los de Bordalás en el primer tiempo y se encomendó a los últimos 45 minutos de partido para tratar de regresar al Metropolitano con otros tres puntos en el baúl.

Al término del cuarto de hora reglamentario de descanso, el Atlético de Madrid salió con la espada bien afilada, y Antoine Griezmann no tardó en rematar un centro que salió de las botas de Nahuel Molina en una jugada en la que previamente Baena y Julián interfirieron en su tejido, pero Soria se vistió de superhéroe y desplegó una parada antológica que dejó al francés con la miel en los labios. Jugadas después el propio Antoine salvó con un taconazo elegante como poco un balón que estaba predestinado a salir por línea de fondo, pero Pablo Barrios calculó mal los tiempos, se le bajó el telón, se le hizo de noche y no pudo remachar la jugada porque el Atlético de Madrid tiene mucho (pero mucho) pavor a la hora de chutar a portería. Hace todo más o menos bien pero en los compases finales comienza a mostrarse tembloroso y no finaliza la acción.

Meneó Simeone el árbol de Navidad e introdujo al terreno de juego a Sorloth —en busca de encontrar la carta ganadora en el juego aéreo— y Raspadori por un Julián que en Getafe no fue ni mucho menos tan decisivo como acostumbra.

El partido fue adquiriendo dosis de morfina hasta el punto en que el empate parecía prácticamente ya acordado de antemano por los dos equipos, que fueron rebajando sus aspiraciones ofensivas y dejaron de creer, al menos sobre el papel, en que resquebrajar de algún modo el resultado gafas fuera posible; uno que fue, gota a gota, solidificándose.

Pero la diosa de la fortuna decidió sonreír de último momento al Atlético de Madrid, y de la forma, finalmente, más absurda y menos intencionada posible, con un centro tenso de los Simeone que, rematado tímidamente por Raspadori, no fue despejado del mejor modo por Domingos Duarte, que acabó por pegarle un tiro en el pie a su equipo anotándose un autogol que al Getafe le salió a deber por valor de tres puntos, para disgusto de Bordalás y para alegría, aunque no total, de Diego Pablo Simeone, que encadena otra victoria y encara la recta final del año natural sumando otra victoria a la larga lista de triunfos que atesora ya como entrenador del Atlético de Madrid.

Por Raúl R. Méndez

Fue en un diminuto instante: yo no quería, pero al salir por las puertas del Vicente Calderón escuchando el himno del Atlético de Madrid supe que no había nada en la Tierra que se pareciera más al Cielo. Aquí te suelo traer la crónica de los partidos de nuestro Atleti.

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