José María Giménez se marcha del Atlético después de trece temporadas en las que su carrera estuvo marcada por una paradoja: pocas veces pudo disfrutar de continuidad física, pero cuando su cuerpo le permitió competir, casi siempre apareció el central de las grandes noches.

Josema Giménez ha hecho las maletas después de trece temporadas en el Atlético de Madrid. Se marcha cedido al Deportivo de La Coruña, con el salario compartido entre ambos clubes y una renovación técnica hasta 2029 que facilita la operación económica. Detrás de la frialdad de esas fórmulas de mercado queda, sin embargo, una carrera larga, intensa y profundamente rojiblanca.

Para entenderla hay que mirar más allá de los títulos y de los partidos. Hay que mirar también al cuerpo. Al cuerpo que le permitió convertirse en uno de los grandes centrales de la era Simeone y al mismo cuerpo que, con el paso de los años, le obligó a convivir demasiado a menudo con las lesiones.

Trece años en el Atlético se pueden contar en partidos, títulos y noches europeas. La historia de Giménez también se puede contar en músculos, recuperaciones y regresos.

Giménez llegó a Madrid en 2013, con solo 18 años, procedente del Danubio uruguayo. Entró en un vestuario en el que ya estaban Diego Godín, Joao Miranda y Toby Alderweireld, centrales de jerarquía que representaban exactamente el tipo de futbolista que el Atlético necesitaba en aquella época.

Apenas participó en su primera temporada. Pero no era una temporada cualquiera: el Atlético se proclamó campeón de Liga y alcanzó la final de la Champions League. Giménez comenzó así su aventura rojiblanca aprendiendo desde dentro de un equipo que estaba construyendo una de las etapas más importantes de su historia.

A partir de 2014 empezó a hacerse un sitio. Y junto a Godín formó una pareja que acabaría definiendo una época. Años después, el propio Giménez resumiría aquella relación con una expresión perfecta: habían vivido “mil batallas juntos”.

Fueron también los años en los que las lesiones todavía aparecían como episodios aislados. Algún golpe en la rodilla, problemas de tobillo, molestias musculares. Incidentes propios de un central que jugaba al límite, pero todavía sin un patrón que condicionara su carrera.

En 2019 llegó una lesión diferente: una fractura en un hueso del pie. Sería casi una excepción dentro de lo que estaba por venir. Porque el historial físico de Giménez acabaría teniendo, sobre todo, un protagonista: el músculo.

Entre 2019 y 2022 se repitió un patrón que terminaría acompañando buena parte de su carrera: los problemas musculares, especialmente en los isquiotibiales, además de episodios en el muslo y la pantorrilla.

El isquiotibial es uno de los grupos musculares que más interviene en acciones tan habituales para un futbolista como acelerar, frenar o cambiar de dirección. Y en un central como Giménez, cuyo juego siempre estuvo asociado a la intensidad, la anticipación y la agresividad en cada duelo, la exigencia sobre esa musculatura era especialmente alta.

Una lesión muscular tampoco termina necesariamente cuando desaparece el dolor. El músculo necesita recuperar fuerza, movilidad y capacidad para soportar de nuevo las mismas cargas. Y una recaída puede convertirse en el comienzo de otro ciclo de recuperación.

En Giménez, esos ciclos empezaron a repetirse. Lo hicieron mientras, paradójicamente, el jugador alcanzaba una de las etapas más importantes de su carrera. Porque las lesiones no impidieron que se convirtiera en uno de los líderes del vestuario. Fue asumiendo galones, hasta convertirse en uno de los referentes de un equipo cuya identidad tenía mucho que ver con aquello que él representaba: intensidad, sacrificio y compromiso.

“Tenemos una identidad que nos inculca el Cholo”, explicó en una ocasión. “La entrega y el sacrificio nos ha hecho conseguir cosas importantes”. Giménez entendió esa identidad como pocos. El problema fue que, durante demasiados años, su propio cuerpo le obligó a pagar el precio de vivir permanentemente al límite.

Hay una paradoja que atraviesa toda su carrera en el Atlético: las lesiones fueron una constante, pero nunca consiguieron borrar al jugador que aparecía cuando llegaban los partidos importantes. Cuando el cuerpo respondía, Giménez seguía siendo ese central capaz de convertir una acción defensiva en una declaración de principios.

Uno de esos momentos llegó ante el Leipzig, en los cuartos de final de la Champions League, con aquel cabezazo decisivo en el tramo final del partido. Una acción que resumía buena parte de su fútbol: agresividad, determinación y capacidad para aparecer cuando el equipo más lo necesitaba.

Pero quizá el mejor ejemplo de esa contradicción llegó en la temporada 2024-25, en la eliminatoria de Champions ante el Real Madrid. Giménez tuvo que enfrentarse a un ataque de enorme talento y participó en las coberturas y duelos defensivos frente a Mbappé, Bellingham y Rodrygo. El Atlético terminó cayendo, pero el uruguayo volvió a demostrar que, cuando podía competir en plenitud, su nivel seguía estando a la altura de las grandes noches.

Ese es quizá el mejor resumen de su carrera: el cuerpo podía fallar, pero el futbolista no había desaparecido.

La temporada 2025-26 fue la más dura físicamente. Giménez volvió a convivir con las lesiones y su presencia en el equipo fue perdiendo continuidad. Después, ya en el nuevo curso, la llegada de Cuti Romero terminó de confirmar que el Atlético había empezado a mirar hacia otros centrales.

Giménez afrontaba esta última etapa con contrato renovado hasta 2029, pero con menos espacio en el once. La cesión al Deportivo terminó convirtiéndose en la salida para un jugador que llevaba trece temporadas en el Atlético y que necesitaba encontrar un nuevo escenario mientras ayuda a la que ha sido su casa.

Ni siquiera Uruguay pudo disfrutar plenamente de él en su cuarta Copa del Mundo. Convocado para el Mundial de 2026, no llegó a disputar un solo minuto debido al esguince de tobillo que arrastraba desde su etapa en el Atlético.

Su salida también tiene una dimensión simbólica dentro del vestuario. Giménez deja atrás el papel de uno de los capitanes y referentes de la última década. Ese espacio pasa ahora a Pablo Barrios.

Es el relevo generacional convertido en imagen: un futbolista que creció dentro del Atlético deja paso a otro que representa el futuro del equipo.

Trece años, 384 partidos con el Atlético, cinco de los ocho títulos de la era Simeone y 99 encuentros con Uruguay dibujan las cifras de una carrera extraordinaria, pero los números no cuentan toda la historia.

Giménez deja el Atlético como uno de los grandes supervivientes de la era Simeone. Llegó siendo un adolescente que aprendía de Godín y Miranda y se marcha después de haber vivido prácticamente todas las etapas de un ciclo histórico. Ganó títulos, jugó finales, levantó trofeos y llevó el brazalete. Y también pasó demasiadas veces por la enfermería.

Por eso su historia no se entiende únicamente desde lo que consiguió, sino desde lo que tuvo que superar para conseguirlo. Fue un central construido para jugar al límite. Y durante trece temporadas su cuerpo tuvo que intentar seguirle el ritmo, aunque a veces no pudo.

Trece años después, deja el escudo. Y deja también una historia que, más que la de un cuerpo que se rompió demasiadas veces, es la de un futbolista que siempre intentó volver.

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