Me gustan los partidos donde, incluso si no pasase nada, todos estaríamos contentos porque hay una noticia que, por su peso, por el legado histórico que supone y construye, todo lo trasciende. Y más aún si sucede en el contexto más extraño y divertido posible, en un partido de liga rutinario contra el Getafe a domicilio, donde nada lejos de tres tiros huecos a portería sucede y bajo el frío gélido, navideño y polar que comienza a repoblar las calles de toda España.
Hoy le ha tocado el turno a Koke, que cumple setecientos —se dice pronto— partidos con el club de su vida y sus amores. Con el que tantas y tantas veces ha soñado, llorado, sudado, peleado y sangrado y con el que se ha desgañitado hasta la práctica extenuación. Ha sido, Koke, un futbolista que ha antepuesto el sentimiento al dinero y uno que no ha hecho sino dedicar toda su vida profesional al equipo al que siempre ha jurado fidelidad. Un futbolista, en definitiva, de los que ya no quedan en mitad de un panorama futbolístico donde hasta el más mínimo átomo se menea por mero interés económico y salarial.
Echando la vista atrás, uno recuerda con sorna cuando tantos y tantos quisieron echarle a los leones porque, presuntamente, y basándose en ningún argumento que tuviera que ver con la lógica, no iba a ser un buen capitán del Atlético de Madrid en tanto que Godín y Gabi lo iban a adelantar por la izquierda en cuanto a los anales se refiere. Lo que esos agoreros que alzaron demasiado rápido las campanas al vuelo no sabían era que, al final de toda esta historia, Koke Resurrección iba a verse transformado, aureola incluida, en otro devoto más del santoral rojiblanco.
Porque un capitán, al menos con la información que se maneja en estos instantes, no tiene por qué ser siempre del mismo talante o tener la misma estética o carisma; basta con que sepa transmitir el mensaje del club a los jóvenes que van recalando en las filas de equipo y que, dentro del campo, sea ese bastión silencioso, ese engranaje para nada ruidoso, que conecta la línea de puntos y conduce, como lo haría un sabio director de orquesta, a su equipo hacia la victoria. Un capitán resiste, aguanta las embestidas, conoce el peso del brazalete que porta consigo y se lo agarra con fuerza y fervor antes de hablar. Un buen capitán, al fin y al cabo, es todo aquel futbolista de veteranía reconocida capaz de iluminar a los suyos con el vivo y el sencillo golpe de su voz.
Si Koke no tiene todas esas características, si no las aúna de forma magistral en su persona tras setecientos partidos oficiales vistiendo esta camiseta, apaguen y vayámonos. No, qué digo. Lo que quería decir, más bien, es que a todos los equipos les gustaría tener a un auténtico capitán como Koke entre sus filas.

