Al Atlético de Madrid se le puede exigir mucho. Se le puede pedir que se siente en la mesa con Real Madrid y Barcelona cuando aparece una oportunidad como la de Rodri, que intente recuperar a uno de los mejores centrocampistas del mundo y que demuestre que el club rojiblanco también está dispuesto a competir por los grandes nombres. Esa crítica es completamente legítima.

Pero si vamos a exigirle al Atlético ambición en los fichajes, también hay que reconocer cuando las cosas se hacen bien. Y la operación salida de este verano merece ser puesta en valor.

El club está consiguiendo desprenderse de futbolistas que, por diferentes circunstancias, no habían terminado de encajar en el proyecto deportivo. No se trata de señalarles ni de borrar todo lo bueno que hicieron con la camiseta rojiblanca. Simplemente, hay momentos en los que un club debe saber reconocer cuándo una etapa ha llegado a su final.

El caso de Thiago Almada es probablemente el más claro. Su talento nunca estuvo en discusión, pero su adaptación al fútbol del Atlético no terminó de ser la esperada. Especialmente en el aspecto físico y táctico, el argentino tuvo dificultades para encontrar continuidad y convertirse en el futbolista que se esperaba cuando llegó. Su salida, confirmada por 20 millones de euros, permite recuperar prácticamente toda la inversión realizada por el club.

También está Nahuel Molina. El argentino dejó momentos que permanecerán en la memoria de cualquier aficionado, como sus dos auténticos golazos, incluido uno contra el Real Madrid. Sin embargo, su rendimiento como lateral derecho fue irregular y el Atlético terminó entendiendo que necesitaba otro perfil para esa posición. Si finalmente se confirma su salida a la Roma por unos 24 millones, el club conseguirá recuperar una cantidad importante por un jugador que ya no parecía tener un sitio asegurado en el proyecto.

Con Clément Lenglet ocurrió algo diferente. El francés mostró durante su primera temporada algunas virtudes que hicieron pensar que podía convertirse en una pieza útil, especialmente con balón y en la salida desde atrás. Sin embargo, con el paso del tiempo aparecieron ciertas carencias que terminaron pesando más que sus cualidades. Su salida al Benfica, sin coste de traspaso, permite liberar espacio y masa salarial.

Y el último caso es Matteo Ruggeri. El italiano tuvo una temporada con luces y sombras, pero también dejó actuaciones de mucho nivel y terminó el curso con siete asistencias. Sin embargo, con la llegada de Grimaldo y las exigencias de un Atlético que aspira a competir por todo, el club ha considerado que era el momento de separar caminos. Su salida al Aston Villa, todavía pendiente de hacerse oficial, dejaría alrededor de 20 millones en las arcas rojiblancas.

Cuatro jugadores, cuatro situaciones diferentes y una misma conclusión: también es importante saber cuándo vender.

El Atlético no puede acertar siempre con cada fichaje. Ningún club lo hace. Lo verdaderamente importante es tener la capacidad de corregir cuando una incorporación no funciona como se esperaba. Y este verano el club está demostrando precisamente eso.

La operación salida puede no generar tantos titulares como un gran fichaje, pero es fundamental para construir una plantilla mejor. Recuperar buena parte de las inversiones realizadas, liberar espacio salarial y abrir sitio para nuevos perfiles también es hacer las cosas bien.

Por eso, si mañana criticamos al Atlético por no haber intentado con más fuerza el regreso de Rodri, también tendremos que reconocerle algo: el club parece haber entendido que para construir un gran Atlético no basta con saber a quién fichar. También hay que saber cuándo dejar marchar.

Por Javier Astudillo

Estudiante de doble grado de Periodismo+CC Políticas en EEUU. Instagram: xabiastudillo

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