Y regresó la Champions al Metropolitano en forma de (inicial) infierno neroazzurro. Pues en menos de tres minutos, Dimarco olfateó la trufa en la portería que defendía Musso ante la ausencia de Jan Oblak por molestias. Un chut con efecto ejecutado de libre directo y un disparo raso que se marchó rozando el poste hicieron temblar los asientos del Metropolitano cuando sus aficionados ni tan siquiera habían tomado asiento en sus butacas. El Inter de Milán buscaba venganza después de que la última eliminatoria, en el mismo escenario, acabase con su andadura europea hace dos temporadas.
El partido enloqueció y no hubo quien lo amansara. Todas las jugadas de peligro que pergeñaba el Atlético de Madrid y que trataban de desembocar en las botas de Julián Álvarez permitían después un contraataque al estilo catenazzio que conducían a toda velocidad por la autopista Barella y Lautaro Martínez.
Pero el purgatorio italiano terminó siendo apagado antes del minuto diez por el bombero Julián. Primero Nahuel corrigió la dirección con inteligencia, robó la bola y conectó con Giuliano que, como de costumbre, se desfondó hasta llegar al final de sus fuerzas; después, el balón, rechazado por la zaga milanesa, recayó en Baena —que controló como pudo, con el abdomen— para dejar el balón muerto hasta que Julián apareció con las rebajas del Black Friday para empujar con un latigazo el balón al fondo de la red, regalando al Inter el que fue su décimo gol con el Atleti en la presente temporada. El árbitro apreció inicialmente mano punible de Baena pero el VAR apareció para corregir la postura inicial del colegiado y conceder el 1-0 al equipo del Cholo, que andaba enfervorecido en la banda reclamando que la revisión del videoarbitraje le fuese favorable, porque así lo había detectado en la viveza del directo.
El Inter trató de revolverse pero una zaga rojiblanca inteligentemente liderada por un imperial Jose María Giménez hizo bien su trabajo para ahuyentar fantasmas e ir tomando el control de un partido que el principio rocambolesco y barroco había puesto patas arriba.
El partido se disputó en las bandas, por parte del Atlético, que dejó casi todo el tráfico ofensivo recalar en las botas de Ruggeri y Giuliano Simeone; y en el centro del campo, por parte del conjunto italiano, que buscó en Lautaro el arma letal para tratar de agujerear el muro que el Atlético de Madrid le puso delante. Aunque el Internazionale fue desistiendo de su juego de posesión basado en el control por parte de sus mediocampistas en pro de un juego más aéreo que le permitiera alcanzar con más frecuencia el área de peligro del Atlético de Madrid.
Y así, cambiando también de banda con constancia para obligar a bascular a la bien colocada defensa del Atlético de Madrid, tuvo Dimarco de nuevo otra oportunidad para perforar la escuadra defendida por Musso. El balón atravesó el cortafuegos de la defensa rojiblanca y, de un taconazo, recaló en el borde del cuadrilátero cuando el centrocampista del equipo milanés ejecutó un disparo que pasó por encima de la cabeza de Hancko y que Musso no habría podido detener si finalmente hubiera adoptado, por cuestión de milímetros, una trayectoria más cercana a la escuadra de la que finalmente se imprimió sobre la bola.
El Inter acabó encerrando al Atlético de Madrid en su mitad del campo en los últimos compases del primer tiempo, ejerciendo una presión aplastante y triangular que complicó (y mucho) la posibilidad de sacar la pelota controlada. Así, agarrándose con resistencia inusitada al gol inicial de Julián, el Atleti abrazó el pitido del intermedio casi como si fuera la mejor noticia que pudiera recibir en ese momento.
La novela no tuvo un cambio radical nada más reanudarse el cronómetro. Barella, nada más salir del túnel de vestuarios, quiso reducir a cero la ventaja de un gol con la que el equipo local se había marchado a la caseta, con una vaselina impresionante que acabó impactando en el larguero que en una gran parte de las ocasiones se habría terminado convirtiendo en el tanto del empate. Minutos después, Musso tuvo que hacerse de acero ante Dimarco —sí, de nuevo fue Dimarco— cuando éste penetró en el área como una locomotora y estuvo al filo de marcar el gol del 1-1.
Y tanto fue el cántaro a la fuente que el Inter —era previsible— no tardó en clavarle el puñal por la espalda a Simeone. Los honores los terminó haciendo Zielinski, pero pudo haber sido Barella, Lautaro y, sobre todo, Dimarco. De nuevo, una vez más esta temporada, el Atlético de Madrid se adelantaba y notaba cómo la mochila de la ventaja se le hacía demasiada pesada y era hondamente incapaz de mantener la renta positiva en el electrónico.
Más tarde Griezmann la tuvo pero Sommer se hizo Goliat y el balón no pudo entrar; otros pocos segundos después, Nico tuvo que rechazar de cabeza con tal peligrosidad que estuvo coqueteando con el autogol. El partido se transformó en un interminable desfile de acciones ofensivas donde tan pronto parecía que podían convertirse todas o ninguna en petróleo.
Pubill, sensacional desde que salió al terreno de juego, estuvo a punto de mojarle la oreja al Inter y revolucionó la estructura ofensiva de los suyos. Sigue siendo por tanto inexplicable por qué no cuenta con más minutos de forma habitual, pues su calidad y su gran criterio de juego sirvieron para comenzar a desatascar lo fangoso del partido, aunque el tiempo y el reloj corrieron en su contra.
Y así parecía que iba a ser. Inter de Milán y Atlético de Madrid, después de tirarse los trastos, agotar todas las balas (recámara incluida), fueron poco a poco sonriendo ante la posibilidad de sumar, cada uno, un punto.
Pero Giménez alzó la voz y confesó que no le apetecía llevarse solamente un punto del entuerto. A la salida del último córner del partido, ejecutado por Antoine Griezmann, se elevó por encima de todos, recordando al Empire State, para meter un zambombazo que terminó valiendo su peso en oro y, por tanto, tres puntos más para intentar esquivar los nuevos y temerosos dieciseisavos de final o fase de playoff de la Champions League.

