La Unión de Peñas del Atlético de Madrid homenajea a Luiz Pereira y Leivinha

Cincuenta años después de su llegada a España, el Atlético de Madrid volvió a latir en verde y oro. En Majadahonda, la Unión Internacional de Peñas rindió un homenaje inolvidable a dos símbolos eternos del club, Luiz Pereira y Leivinha, pioneros brasileños que transformaron la identidad rojiblanca con fútbol, carisma y una magia que aún hoy resiste al tiempo.

Cuando en 1975 aterrizaron en la capital, Brasil era sinónimo de magia, de arte, de alegría en la pelota. Pero Pereira y Leivinha no sólo trajeron talento —trajeron postura, identidad, carácter, valentía. Trajeron un océano dentro del pecho.

Su fichaje fue definido entonces como un auténtico pelotazo, un terremoto en una Liga que todavía miraba de reojo a Sudamérica. Llegaban de Palmeiras, campeones, respetados, victoriosos tras conquistar el Trofeo Ramón de Carranza en Cádiz nada menos que ante el Real Madrid; quizá por eso pronto amaron el rojiblanco y lo sintieron como familia.

Luiz Edmundo Pereira, nacido el 21 de junio de 1949 en Juazeiro (Bahía), es uno de esos hombres que el fútbol fabrica una vez por generación. Elegante en la salida, contundente cuando tocaba, rebelde en el dribleo y, sobre todo, fiador del juego limpio y valiente al que el Vicente Calderón aprendió a rezar en silencio: 143 partidos oficiales, 14 goles, una Copa del Rey (1976) y una Liga (1976-77). Pero sus títulos son la cifra menor. Hay imágenes suyas que no caben en una estadística: su manera irreverente de sacar el balón jugado mientras sonreía, el collar verde de pequeñas cuentas que se convirtió en sello de identidad, aquel intercambio de pantalones tras un duelo europeo ante el Nantes, y un Luis Aragonés nervioso, desesperado, pero rendido ante el talento imposible del brasileño.

Anoche, Luiz volvió a posar con el aplomo intacto, pero con los ojos sinceros, vulnerables, emocionados. Recordó a su amigo, su socio, su hermano Leivinha, ausente por problemas de salud. Rompió en lágrimas. Lloró de vida. Lloró de gratitud. «La vida es corta —dijo— y hay que aprovecharla. Luis Aragonés fue único, un maestro. No quedan entrenadores como él», comentó visiblemente emocionado. El auditorio calló. Y después aplaudió como se aplaude a los inmortales.

Hablar de João Leiva Campos Filho es hablar de una jugada que cambió el fútbol: la bicicleta. Ese gesto casi infantil, poético, inentendible para los defensas españoles de los 70, que no sabían si era magia, trampa o milagro. Lo hacía con superioridad absoluta: pie derecho por encima del balón, engaño mortal, salida por izquierda. Un regate que no existía, hasta que él lo inventó.

En 2016, en Brasil, admitió que intentó modificarlo sin éxito: «Parece que es un don natural. No sirve querer cambiarlo». El talento nunca negocia consigo mismo. Se presentó en el Calderón con un hat-trick ante la UD Salamanca. Portero rival: Jorge D’Alessandro. Años después entrenador del mismo Atleti. Pura circularidad. Pura mística rojiblanca.

Su juego aéreo fue arte mayor. Cabeceaba con potencia, con malicia, con determinación estética. Era delantero y era acróbata. Era gol antes del disparo. El homenaje de Majadahonda fue más que un acto: fue un retorno al origen. La Asociación de Leyendas del Atlético de Madrid, con Roberto Solozabal como maestro de ceremonia, entregó a Luiz Pereira un cuadro conmemorativo. A continuación, la Unión Internacional de Peñas dio el golpe emocional definitivo: ambos jugadores fueron nombrados socios de honor del club, por sorpresa, ante una ovación que todavía debe estar temblando en las paredes del auditorio.

La noche tuvo también voz familiar. Ana Silvia, compañera de vida de Luiz, y Marcella, su hija, subieron al escenario. Contaron anécdotas, rieron, hicieron reír. Humanizaron al mito sin opacarlo. Recordaron que detrás del defensa temerario hay un hombre tranquilo, generoso, luminoso.

Y eso —esa luz— la conozco bien. Porque he tenido la enorme fortuna, el privilegio deportivo y humano, de mantener desde hace años una relación de amistad con Luiz Pereira. Su calma, su paz, su bondad son equiparables únicamente a su fútbol. Ese collar verde todavía reluce, pero hoy ya no representa moda ni rebeldía: representa legado. Dice que nadie muere mientras alguien lo recuerde.
Anoche comprobamos que Pereira y Leivinha están más vivos que nunca.

No estaban homenajeando a dos veteranos. Estábamos honrando a dos cimientos. Al origen de un estilo, al amanecer de una identidad que hoy inspira a niñas que rompen defensas, a futbolistas que aprenden a regatear con bicicleta propia, a centrales que salen con sonrisa y balón jugado incluso cuando la vida aprieta.

El Atleti femenino, el masculino, la cantera, los veteranos, todos beben de aquella revolución brasileña. Fueron solo cuatro años, sí. Pero cuatro años que duraron para siempre. Majadahonda guardará para siempre la noche del retorno espiritual de Pereira y Leivinha. Nosotros también.

Cincuenta años después, siguen sonando las palmas del Carranza.
Cincuenta años después, todavía rueda la bicicleta.
Cincuenta años después, sigue sonriendo la defensa.

Y el Atlético —mi Atleti, tu Atleti, nuestro Atleti— aún juega con ellos.

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